Acertar con un alumno no era tarea fácil, ni siquiera para una filóloga de poca talla y peor talle. Un Cadillac sentimental más largo que el horizonte, atrás la espuma aún tibia del último barrido emocional. Por eso dejé que la elección acariciara el hielo en variados roces narcóticos. Evitando sobriedades innecesarias, la coctelera vertió el néctar.

 

Lo conocí aquí, en clase de Lingüística: sofisticado convexo, carácter reacio, vertiginoso y laberíntico, espirales de miradas serenas en el destello de su sonrisa, atenta destilación en lo propio y ajeno… embriagador. Escalera de color, más aún, de corazones. No está bien mentirse a sí misma, pero es verdad que me gustan las parejas de tréboles, incluso me gustan las de tres hojas. Así que no decidí...

Aquella mañana, lo vi en una página de contactos. Él sin rumbo, yo revuelta, ambos detenidos en un cruce de servicios rápidos. Detenida  la pantalla del ordenador, turbidez propia de otra noche sin dormir en casa. Zapatos caros, alarde prendido en fetiches, como aguja afilada y paciente desgranado al fin, el tumulto de la red. Fotos sugerentes de vainilla y caramelo. Todas empalagosas, salvo una, aquélla en que se rozaban sus labios, sus ojos, su torso, presumible el resto, con el fósforo luminiscente de la certeza. Porque no hay duda que sería él quien me ayudara a consumar mi obra maestra.

 

Inició la conversación, ágil, con algo de ingenio, esforzándose (piernas alzadas, el culo pidiendo guerra y dejando a su imaginación completar el medio perfil que muestro de cintura para arriba), no era de los que entraba a matar, iba yo deduciendo, pero tampoco de los que se asustaban con facilidad.

 

Habían pasado diez minutos y su elocuencia iba en aumento, alguna vez tuve que adelantar algo de entusiasmo por temor a que tanto monosílabo pudiera hacer mella en su personalidad a la vez algo insegura.

 

Media hora después, estaba segura de que su verbalidad no era sino un recurso para paliar carencias, que por lo hablado, debían ser muchas. Me preguntaba si se atrevería finalmente, si habría elegido bien. Pronto se disiparon mis dudas, hacía rato que el deseo había vencido cualquier resquicio de pudor o caballerosidad, y sin embargo, cauto, continúaba contándome cosas divertidas de sí mismo, y de vez en cuando balanceando en proyectos de escalera, detalles de su vida más sentimental. Encontré esa vida que no narraba, pobre y por ello, aguijoneado en mi curiosidad, pasé a la acción. Mi parte en el papel de la obra acaba de comenzar…

 

Te he elegido, eres el protagonista de mi historia. No tienes que hacer nada, sólo dejarte llevar. Entraras a oscuras y a oscuras te irás. Dos anónimos ciegos y en silencio palpando pura sensualidad.

 

Él aceptó entusiasmado mi propuesta, yo casi paladeé el cielo. Quedamos en uno de mis apartamentos, a las afueras de la ciudad. La casa en tinieblas y mi respiración agitada al escuchar el timbre, preludio de un sueño hecho realidad. Tomé su mano y lo conduje al dormitorio sorteando toda clase de obstáculos en aquella carrera de fondo que habíamos empezado a librar. Lo senté en la cama y vendé sus ojos para prevenir cualquier intento de quebrantar las normas. Estaba nervioso y yo me deleitaba lamiendo el sudor que empapaba su frente, veneno sensual, preludio de una noche sin fin.

 

Ocho de la mañana en el edificio A-cuatro de la Universidad. Aquella infernal caja metálica, se detuvo frente a mí. Era algo con lo que había luchado desde que tengo uso de razón. La sensación de asfixia y opresión se repite sin remedio. Todos los especialistas a los que durante años consulté, fracasaron pero aquel día iba a ser distinto. La puerta giratoria se deslizaba ahora hacia el interior del hall y por los andares apresurados supe que era él. La tenue iluminación de aquel féretro alado jamás logró hacerme sentir tan cerca del cielo como el perfume algo fuerte para mi gusto a pesar de estar acostumbrada a cualquier tipo de licor.

 

Apenas si cruzamos una sonrisa pero el trayecto, largo y su melena, igual de larga mediaron en un esfuerzo pobre por entablar conversación. Sigo siendo la gris profesora de Lingüística que le puso un cinco en el último examen, ni la más mínima sospecha de que fueron mis muslos los que el mordía con deleite hace tan sólo unas horas. Él no me conoce yo ya no lo puedo olvidar.

 

Cualquier justificación ocuparía un lugar retrasado en la ilusión. El farol no parece un farol hasta que su abrazo es verticalmente amortiguado. A lo lejos parpadea como una baliza en la derrota sin rumbo. Y si te acercas, se va alejando la intermitencia en el ritmo, frenético el impulso hacia la victoria que no ha de llegar. Mientras va subiendo el ascensor, imagino nuevos juegos, con esas cartas no se podía perder la mano; si se perdía que lo hiciera antes en su cintura, la otra surcando cuanto pudiera, los labios cerrando, reunido el pacto desnudo, palabras de honor.

 

 

Álma de cántaro




Carrito  

producto (vacío)
Advertising

Novedades

Todas las Novedades

Directorio de Tiendas eróticas online