Por fin en casa, por fin tres días de descanso, por fin tres días completos de hacer lo que me apetezca, no quiero ver a nadie, no quiero que me hablen, no quiero hablar, quiero estar completamente sola, con comida, bebida, música y libros. Estos días se dan así para mí, quiero paz y tranquilidad.

 

Tras caer agotada en el sofá después de mi larga semana, abro el ojillo de refilón sabiendo que debo ir a la cama, pero me cuesta la misma vida porque, sin duda, se está mucho mejor en el sofá. Arrastrando los pies con los pelos de punta, me despido hasta el día siguiente sin más, sabiendo que tengo por delante esos tres maravillosos días de relax.

 

Alehop!! Vamos chica!! Vamos, a la ducha!. Invierte bien tu tiempo, piensa cómo lo vas a hacer para poder disfrutarlo al máximo. Tienes muchas horas, minutos y segundos que te harán sentir la vida como se merece. Piensa, piensa…

 

Decidí irme a la playa muy temprano, a ver el amanecer con esa brisa fresquita acariciándome la cara. Esa mañana de junio tenía una temperatura fuera de lo normal, no sé si por mi interés por ser feliz o porque simplemente era junio por la mañana temprano. Sentada, contemplando el mar, dejé de pensar en qué hacer durante estos tres días y, directamente, comencé a hacer uso de la relajación más absoluta:

 

“El mar gris al fondo, paciente

la ciudad despertando un poco a la izquierda

Inmenso placer, inmenso nacer

Respiración lenta y serena

Sueño y vida en un instante.

No elegía se convertían…”

 

En ese momento sentí la inmensa necesidad de ser parte de la naturaleza; así pues, a medida que iba saliendo el sol, me iba quitando aquella suave ropa tan incómoda. Llevaba tan sólo un vestido blanco de playa que volaba con la brisa haciéndome sentir de película. Tuve que deshacerme de él y hacerme con el antifaz que casualmente llevaba en el bolso. Allí estaba yo, tumbada en mi tela burdeos de corazones voladores con los brazos estirados hacia atrás oliendo a mar.

 

Aprieta el sol, no llevo biquini, mi estiloso pubis viste un tanga de mariposa precioso que decidí estrenar para sentirme sexy en mi comienzo del día. Me siento libre, pero posante y observada por mí misma, tengo que relajarme aún más. Estiré las piernas, las abrí ligeramente y me dejé llevar por el aroma, la brisa, el sonido de las olas, las gaviotas… El placer comenzó a ser tan intenso que sentí un calor interno que me llevaba a pensar constantemente en mi tanga, en mi pubis, en mi sexo… La sangre recorría mi cuerpo lentamente, pero quemaba. Al relajar el cuello hacia la izquierda, retiré el antifaz pudiendo contemplar como las venas infladas de mis manos tenían un color verdoso especial, esto me hizo meditar sobre los latidos del corazón, las palpitaciones, la sangre, el corazón, el corazón, el corazón… pum pum… pum pum… pum pum… respiración profunda y el calor interno allí conmigo.

 

Sin pensar en nada más que no fuera mi cuerpo y su funcionamiento, comencé a acariciarme la piel del muslo notando la sensibilidad de la zona. Curiosamente esa sensibilidad se veía triplicada al ser tan consciente del placer que se avecinaba. Rápidamente eché mano al bolso “mágico” sacando de él mis apreciadas bolas chinas que siempre me acompañan, era lo ideal para ese momento, ya que tenía una excitación deliciosa. La impaciencia me hizo ir aún más lento, me provocaba, me ponía a prueba, estaba ansiosa, pero paciente. Sin quitarme el antifaz, me di la vuelta lentamente quedando boca abajo con las piernas entreabiertas. Coloqué las bolas en las alitas de la mariposa, las rocé, las paseé por su mundo volátil y de repente un patinazo de impaciencia me hizo retirar las alas, levantar mi culito e introducir las bolas muy lentamente, suaaaaaaaaaaaaaave, uuuunaaaaaa y ooootraaaaaaaaaaa…. Dos bolitas en mi interior con una vibración provocada por el latido de mi corazón. En ese momento latía rápido y fuerte, un suspiro largo y sonoro salió de mi boca sin que a mi cerebro le diera tiempo a enviar la orden. Una grata sorpresa que me hizo sentir aún más viva. No se podía pedir más, dejé de oler, dejé de oir gaviotas, sólo sentía calor, más calor, y una humedad que dejaría a la mariposa sin poder alzar el vuelo.

 

Fue mi momento, mi sentir individual compartido únicamente con la Doña Naturaleza. El día tiene muchos segundos y todos y cada uno de ellos pueden ser maravillosos. Quizás no necesitara tres días pero sí miles de segundos naturales.

 

Vivi (Asesora en Málaga)


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